‘El Necronomicón’: el grimorio ficticio que vuelve loco a quien lo lee (y que aún así es influyente en la cultura)
Una antología de textos de H.P. Lovecraft sigue el hilo del libro maldito que tanto ha influido en el género de terror y en la filosofía contemporánea, y que aparece en varias películas este verano



Madrid – 30 AGO 2026 – 23:30 AST
En torno al año 700, el poeta árabe loco Abdul Alhazred, natural de Saná, Yemen, escribió un libro llamado Al-Azif, título que designa el zumbido de los insectos en el desierto que la tradición árabe asocia con el grito de los demonios. Siglos después, aquel volumen infame repleto de supuestas revelaciones sobre la verdadera naturaleza del cosmos sería traducido al griego y al latín bajo el nombre con el que acabaría pasando a la historia: Necronomicón. Solo el nombre ya da miedo.
Durante su sinuosa historia, autoridades religiosas y civiles intentaron destruirlo en numerosas ocasiones, pero nunca consiguieron hacerlo desaparecer por completo. Todavía hoy se rumorea que existen ejemplares ocultos en bibliotecas o colecciones privadas: en lugares como la Universidad de Buenos Aires, en la mansión de algún millonario estadounidense o, por supuesto, en la Universidad de Miskatonic, Arkham, Estados Unidos. El Necronomicón revela una verdad insoportable: que la humanidad ocupa un lugar insignificante en un universo gobernado por fuerzas muy antiguas, horrendas e indiferentes. El horror cósmico.
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Este misterioso grimorio, por lo demás, no existe en eso que llamamos mundo real, solo en el universo ficticio creado por H.P. Lovecraft: es un libro que existe dentro de otros libros. El Necronomicón aparece aquí y allá en los relatos del estadounidense, y su peripecia es relatada por este en el ensayo académico (ficticio) La historia del Necronomicón (1927), un relato que ha sido ampliado posteriormente por autores como Lin Carter o Robert M. Price: con su universo, el autor de Providence puso el campo de juego para que otros escritores siguieran fabulando horrores.
Por ejemplo, en esta historia ficticia hay consenso en que Abdul Alhazred viajó a la ciudad egipcia de Menfis y a Babilonia, cruzando el desierto de Arabia hasta recalar en Damasco para plasmar allí el horroroso conocimiento esotérico que había ido recopilando en sus encuentros con lo oculto. Alhazred murió en esa ciudad devorado por un extraño monstruo invisible, aunque hay controversia en que fuera realmente el poeta quien fue víctima de aquel ser infame.
En cualquier caso, el texto maldito comenzó su viaje por el mundo, fue prohibido por el papa Gregorio IX, pasó por las manos de Leonardo da Vinci, fue traducido por el célebre mago inglés John Dee e impreso por Johannes Gutenberg, hasta llegar a los misteriosos ejemplares que perviven en la actualidad (se dijo que había uno en la Universidad de Salamanca). Ahora la editorial Duomo publica en España El Necronomicón, una cuidada edición que recoge buena parte de los cuentos en los que aparece el grimorio maldito con estudio preliminar y selección del fallecido Giuseppe Lippi.
El volumen incluye desde el primer relato en el que se menciona, El sabueso (1922), hasta pasar por otros muy conocidos como Herbert West reanimador, La música de Erich Zahn o Las ratas de las paredes. No se encuentran textos largos fundamentales de los mitos de Cthulhu como El horror de Dunwich o En las montañas de la locura. “El Necronomicón es muchas cosas al mismo tiempo”, escribe Lippi, “un texto de magia evocadora, una llave para entrar en el reino de los muertos y en dimensiones extraterrestres y un pseudobiblium, es decir, un libro que no existe”.
El manuscrito maldito
“Lippi es considerado uno de los grandes expertos en Lovecraft y en la literatura fantástica en general y esta antología ha tenido una enorme acogida en Italia”, dice la editora Angels Balaguer. “Es, además, un libro-objeto especial, con una apariencia única. Como no podía ser de otro modo tratándose de un grimorio —un libro singular dentro del universo lovecraftiano y reflejo del saber oculto que habita en los libros—, esta edición subraya ese carácter extraordinario”, añade. En Duomo ya tenían experiencia en libros singulares a la par que misteriosos, que requieren una edición especial por el formato o la maquetación, como S. El barco de Teseo, del célebre productor de cine J. J. Abrams y el escritor Doug Dorst, o Casa de hojas, de Mark Z. Danielewski.
La cubierta de este Necronomicón la firma el artista italiano Malleus y cuenta con ilustraciones en blanco y negro de Greta Grendel (además de una ilustración exclusiva para la publicación española en la que se rinde homenaje a Lippi). “Todo ello busca reflejar el universo oscuro de Lovecraft, con un estilo de grabado antiguo que recuerda a una estética medieval, al simbolismo esotérico, y que transmite la sensación de estar ante un manuscrito maldito real que contribuye a generar inquietud durante la lectura”, dice Balaguer.

Para inquietud, la de los personajes lovecraftianos que descubren nuestra pertenencia a un universo regido por seres muy antiguos y monstruosos, incomprensibles y eternos. Y ese descubrimiento, que suele conducirles a la locura, suele hacerse mediante la lectura de este libro infame, donde se encuentra un relato fragmentario de esa ominosa realidad e instrucciones para invocar a horrendos seres cósmicos, los Grandes Antiguos, como Cthulhu (que “espera soñando” en la ciudad inundada de R’lyeh), Yog-Sothoth (que ocupa todo el espacio y todo el tiempo) o Azathoth (el caos absoluto en el centro del cosmos), a los que diferentes individuos y sectas rinden culto por todo el planeta. El que se adentra en el Necronomicón corre el riesgo de perder la cabeza leyendo sus páginas e incluso la vida poniendo en práctica sus conjuros.
Influencia cultural
El Necronomicón ha salido de los libros, con la soltura de los entes demoníacos que alberga, para colarse en otros lugares. El más reciente, e inopinado, es la última película de los minions, Minions & Monstruos, donde aparece un grimorio muy parecido y variadas referencias a la obra de Lovecraft, aunque en plan tierno, claro: hay un Cthulhu que parece un peluchín. También en la última entrega de Posesión infernal, titulada En llamas, donde aparece como el Libro de los muertos.
“Alguna de las más famosas apariciones del libro maldito son en la saga Posesión Infernal, pero también en series como 30 monedas de Álex de la Iglesia, o hasta South Park”, dice Antonio Torrubia, responsable de la sección de Literatura de la librería Gigamesh, en Barcelona, donde se celebra hace tres años el Club Lovecraft. “Aunque lo lovecraftiano”, continúa, “ya ha permeado al mainstream y podemos verlo en capítulos de series, videojuegos o mangas y cómics por doquier. Por ejemplo H. R. Giger, creador de toda la atmósfera de la saga Alien, llamó Necronomicón a los dos volúmenes de sus libros de arte de superlujo, tristemente fallecido él y tristemente descatalogada toda su obra”. Una película del célebre director de terror de serie B español Jess Franco, estrenada en 1968, se titulaba, precisamente, Necronomicón.

Aunque tal vez sea el más influyente, no es el único libro ficticio de la literatura. Otro es la Enciclopedia de Tlön, que recoge los saberes de una civilización desconocida que aparece en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges (recientemente la editorial Páginas de Espuma le rindió homenaje). Para hacerse una idea: en Tlön solo hay verbos y no sustantivos, los tigres son transparentes e importan más las ideas que la realidad. Otra obra ficticia es El Rey de Amarillo, hilo conductor de los cuentos de Robert W. Chambers y que también es central en la primera temporada de la serie True Detective, donde aparece la mítica ciudad de Carcosa, misteriosa y decadente, más una sensación que un lugar. También es una obra maldita que conduce a la desesperación o la locura.
“Lovecraft, y los autores que siguieron sus pasos expandiendo la mitología lovecraftiana, usaban manuscritos con nombres exóticos en sus obras”, dice Torrrubia, en referencia a De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano) o a Le culte des goules (El culto de los gules), que Lovecraft atribuye al conde D’Erlette (un trasunto del escritor August Derleth). “Así les daban un trasfondo verosímil, incluso haciendo creer a muchos de sus lectores que los libros existían y que las traducciones al inglés, hebreo, griego o francés estaban en las bibliotecas en las que ficticiamente las situaban en sus textos”, añade el experto. También Lovecraft escribió sobre otros libros que no existen, como Los manuscritos pnakóticos; y otros que existían en realidad como L’image du monde, de Gautier de Metz, o El gran dios Pan, de Arthur Machen.

La cosmovisión lovecraftianatambién ha sido importante en la filosofía contemporánea, por ejemplo, en los delirantes trabajos de la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU) de la Universidad de Warwick (donde militaron pensadores como Nick Land, Sadie Plant o Mark Fisher) o en la corriente del realismo especulativo (especialmente en la obra de Graham Harman o Eugene Thacker). Lo lovecraftiano significa en algunos autores una metáfora de una realidad amenazante (como en el “noúmeno con colmillos” de Nick Land), de la indiferencia del cosmos hacia los planes humanos o de la inconmensurabilidad de algunos procesos a los que se enfrenta la civilización (véase el cambio climático). La pensadora Donna Haraway ha hablado del Cthulhuceno, en contraste con el Antropoceno.
Recientemente, a raíz de unas palabras de la influencer María Pombo, se retomó la vieja discusión sobre si la lectura te hace mejor persona. El caso del Necronomicón demuestra que no necesariamente: aquellos incautos que se embarcan en sus textos y diagramas pueden acabar trágicamente tras atisbar los más oscuros abismos del cosmos. Los libros, y especialmente este grimorio, tienen poder: “El Necronomicón alude a las sombras del más allá de forma enigmática y encriptada, para el uso de los pocos espíritus capaces de leer y, sobre todo, de soportarlo”, concluye Lippi.
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Sergio C. FanjulVer biografía
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