¿Por qué hay algo en lugar de nada?
A esta cuestión se ha intentado responder desde la ciencia, la filosofía y la teología. Nos ha dejado ideas estimulantes (¿vivimos en una simulación? ¿Dios existe?) y otras en apariencia desconcertantes, como que el mundo simplemente está ahí y eso es todo



Estamos ante “la pregunta fundamental”, según escribía Heidegger en su Introducción a la metafísica. Una pregunta que Leibniz se plantea en sus Principios de la naturaleza y la gracia fundados en razón (1714): ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿De dónde salen el universo, nuestra galaxia, nuestro planeta, la línea 5 de metro y este periódico? ¿No sería más fácil que no hubiera nada, “pues la nada es más simple y más fácil que algo”, como escribía Leibniz?
A la pregunta se ha intentado responder desde la ciencia, desde la filosofía y desde la teología, pero, como advierte al teléfono el filósofo Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la UNED, a veces se han mezclado dos cuestiones muy relacionadas, pero que son más diferentes de lo que parece: la primera, por qué existe algo; y la segunda, por qué lo que existe es justamente esto que vemos, nuestro universo con sus leyes físicas concretas.
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Podemos entender mejor la diferencia si vamos a una de las respuestas tradicionales a la pregunta: Dios lo hizo todo. Es lo que pensaba Leibniz, por ejemplo, o filósofos contemporáneos como Alvin Plantinga y Richard Swinburne. El problema, recuerda Zamora Bonilla, es que también podemos preguntarnos por qué existe Dios.
Nos encontramos con el mismo escollo si planteamos una versión contemporánea de la creación y sugerimos que el universo es un experimento, como en ese episodio de Los Simpson en el que Lisa funda sin querer una civilización en un diente que se le ha caído. El físico de la Universidad de Stanford Andrei Linde, especula en Why Does The World Exist (¿por qué existe el mundo?), libro de Jim Holt, con la posibilidad de que quizás no haga falta mucho para fabricar un universo en un laboratorio: “Una cienmilésima de gramo de materia” bastaría para crear un pequeño vacío que diera lugar a miles de millones de galaxias.
También podríamos vivir en una simulación de realidad virtual. En un artículo de 2003, el filósofo Nick Bostrom apunta que una civilización lo suficientemente avanzada podría simular mundos enteros con seres conscientes. Esto deja tres posibilidades: que las civilizaciones se extingan antes de alcanzar esa capacidad tecnológica; que la alcancen, pero decidan no simular esos mundos (o no los suficientes), o que existan tantas simulaciones que lo más probable es que vivamos en una de ellas.
Pero estas especulaciones tampoco acaban de responder a la pregunta de por qué hay algo en lugar de nada: supongamos que vivimos en una simulación creada por un estudiante de instituto para su trabajo de fin de curso; igual que ocurría con la hipótesis de Dios, eso explicaría nuestro universo, pero no el universo del estudiante.
Si Dios (o los dioses) y una civilización superior no son la respuesta a la pregunta, ¿cuál podría ser? Una de las teorías científicas con más soporte a la hora de aclarar cómo se pasó de la nada al Big Bang es la de la fluctuación cuántica, que parte del trabajo, en los años ochenta, del físico Aleksandr Vilenkin, director del Instituto de Cosmología en la Universidad de Tufts. Esta teoría, que desarrolla el físico Lawrence M. Krauss en su libro Un universo de la nada (Ediciones de Pasado y Presente, 2015), explica que el vacío es inestable, lo que permite la formación de pequeñas burbujas de espacio-tiempo que se forman de manera espontánea. Alessandra Silvestri, profesora de Física Teórica de la Universidad de Leiden, explica por videollamada que esta hipótesis no está demostrada, pero hay indicios que la sostienen. Por ejemplo, la estructura actual del universo, que es consistente con lo que se esperaría en este escenario.
Pero si se confirmara esta teoría aún tendríamos otro problema: ¿por qué existen esas leyes físicas y no otras? El vacío cuántico no es lo mismo que la nada de los filósofos: ese vacío es el estado de mínima energía en nuestro universo y en la nada no hay ni universo ni leyes que expliquen una espuma cuántica.
Una solución especulativa a este problema es imaginar un multiverso, como sugiere la teoría de los muchos mundos propuesta por primera vez por el físico Hugh Everett en 1957. Esta teoría también ayudaría a explicar la idea del “ajuste fino”: sus defensores recuerdan que las leyes físicas están tan bien calibradas que cambios muy pequeños harían imposible que surgiera la vida, lo que da a entender (en su opinión) que esas leyes se crearon para nosotros por Dios (o un dios).
Si hay infinitos universos, que haya uno con estas leyes concretas deja de ser un misterio: nuestro universo solo es uno de los que se pueden regir por leyes que permiten la vida. Nos ha tocado la lotería, pero habíamos comprado todos los números. Aun así, de nuevo, seguiríamos sin una respuesta definitiva: este universo existe porque hay infinitos universos, pero ¿por qué hay un multiverso en lugar de nada?
Quizás la pregunta no tenga sentido y es, como sugiere Bonilla, una pseudopregunta. Ludwig Wittgenstein escribía en el Tractatus Logico-Philosophicus que “lo místico no es cómo es el mundo, sino que el mundo sea”, pero apenas unas líneas más abajo concluía que “el enigma no existe”. Esta cuestión no es más que un pseudoproblema: hablar de por qué hay algo en lugar de nada no tiene sentido, es algo que excede los límites de nuestro entendimiento.
No estaba solo: el filósofo francés Henri Bergson consideraba que la idea de la nada absoluta era absurda: “No tiene más significado que un círculo cuadrado” es “un espejismo conjurado por nuestra imaginación”. El pensador alemán Adolf Grünbaum también opinaba que es un falso problema y que ni siquiera tiene sentido hablar de lo que pasó antes del Big Bang ya que entonces no había tiempo. Bonilla apunta una idea parecida cuando recuerda que ni siquiera la noción de causa tiene sentido fuera del universo: preguntarse qué causó el universo es como preguntarse dónde está el universo o, como decía Grünbaum, qué hay al norte del Polo Norte. El cosmos, simplemente, es. O como apuntaba el británico Bertrand Russell, “diría que el universo simplemente está ahí, y eso es todo”.
Pero esto tampoco nos convence. Siempre buscaremos un resquicio para preguntarnos si puede haber alguna explicación completa, o más completa, que explique también qué hay detrás de esas “fluctuaciones cuánticas”. A fin de cuentas, lo que estamos preguntándonos es qué hacemos aquí y por qué, y nos debatimos entre el deseo de trascendencia (¿esto es todo lo que hay?) y la voluntad de que nuestra vida tenga sentido por sí misma (¡esto es todo lo que hay!).
¿Podremos hallar una respuesta? El físico Alberto Casas, autor de La ilusión del tiempo, es optimista: “El ingenio humano ha demostrado ser capaz de muchas cosas que parecían imposibles”, como deducir y verificar un dato en apariencia tan absurdo como que el universo comenzó hace 13.800 millones de años con un Big Bang. La duda de Leibniz puede parecer extravagante, pero “la ciencia también es especulación, imaginación”.
Bonilla apunta que este interrogante sirve como estímulo, como “gimnasia mental”. Pero advierte de que no hay “absolutamente ninguna forma de encontrar una respuesta ni por la ciencia, ni por la mística ni por nada. Simplemente es una cuestión que nunca podremos resolver. Y, por lo tanto, tampoco merece mucho la pena preocuparse por ella”.
Pero lo seguiremos haciendo. Ya lo decía el filósofo estadounidense Sidney Morgenbesser a quienes le planteaban la pregunta: “Si no hubiera nada, aún os seguiríais quejando”.
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