776-2026: ¿qué celebrar?
Nunca debe olvidarse que la guerra civil abrió caminos para una república multirracial, con oportunidades reales de representación democrática de los afroamericanos


El preámbulo de la Declaración de Independencia y el ensayo federalista número 54 son textos representativos de una gran divergencia. En uno, la retórica radical y refulgente sobre igualdad, dignidad y consentimiento. En el otro, el muladar, un burlesco del primero. Es un conflicto irreconciliable. De acuerdo con el primero, el Creador nos hace humanos: todo individuo es una realidad ética definida por derechos naturales. Esta humanidad es incontestable y nos protege desde antes de nacer. En el segundo, los esclavos son humanos por una sola razón: la ley los castiga. Y cuando la ley estipula azotes y muertes, reconoce que los castigados tienen capacidad para entender y obedecer lo legislado. Very nice.
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A la hora de celebrar los logros innegables de Estados Unidos, es imposible olvidar esta divergencia originaria y aún presente. La esclavitud y la expulsión de indígenas de sus tierras; es decir, el robo para beneficio de la oligarquía esclavista fue seña de piratería, rasgo que sigue mostrando sus frutos. El Federalista número 54 dramatiza el robo de africanos. Las palabras de un Speaker de la Cámara resumen el robo a los segundos. Confrontado con la existencia de tratados entre el gobierno de Estados Unidos y varias tribus indígenas el fulano declaró y parafraseo: “Eso de los tratados es para impresionar la mente de los indios, pero no tienen valor legal alguno”.
Hablo de culturas entrelazadas y con rasgos compartidos. Pero solo en la segunda domina los tenebroso. Permitirle a este la última palabra sería una concesión injustificada a los paladines de la serpiente antigua que siempre han estado bajo asedio. Entonces, ¿qué celebrar en este aniversario de la independencia norteamericana? Hay que celebrar sus luchadores independentistas, su guerra para afirmar su dignidad y conciencia de sus capacidades colectivas. También merece celebración el lenguaje revolucionario que escogieron para explicar su lucha. Que nunca hayan tenido intención de honrarlo importa poco. Las palabras quedan. Y las palabras, habladas y escritas, y más las segundas, son cuentas a cobrar. Testigos acusatorios.
Hay que celebrar sus primeras universidades, la mayoría fundada para preparar ministros del evangelio. Harvard (1636), Yale (1701), Princeton (1746) y Darmouth (1769) nacieron antes del 1776 y por iniciativas de adentro. Hay que celebrar el crecimiento de esos centros de estudio para convertirse en los lugares de enriquecimiento cultural, investigación e innovación que son hoy. Aquellos comienzos inspiraron la creación de grandes universidades públicas, cerebros y motores de movilidad social en Nueva York, California, Massachusetts, Wisconsin, para solo nombrar algunas. Hay que celebrar los espacios que permitieron y, sobre todo, los individuos que hicieron de la prensa su vocación. Fue la prensa el instrumento principal de crítica y agitación contra los impuestos dictados en Londres. Aquellas imprentas sembraron una cultura de panfletos y polémicas que, poco a poco y con sacrificios, difundió argumentos y organizó una lucha.
Imponen admiración los cristianos cuáqueros que repudiaron la esclavitud y la declararon incompatible con los principios del evangelio. Les tomó tiempo, pero antes de 1776 ya habían estipulado su visión. Anthony Ebenezer y Benjamin Lay fueron luminares en esa lucha y Lay fue, quizás, el primer performance artist en sus denuncias de hermanos esclavizadores.
El capitán William Whipple de New Hampshire llegó al ejército con uno de sus esclavos quien, ese mismo día, lo confrontó con lo obvio: Whipple luchaba por la libertad de las colonias mientras mantenía esclavos. Whipple reconoció su libertad al instante. Thomas Hart Hooker de Connecticut se unió a las fuerzas independentistas, pero antes de marchar manumitió a su esclavo. “No puedo pelear por mi libertad y dejar un esclavo en casa”. Robert Carter, terrateniente riquísimo de Virginia, emancipó a los suyos. Y lo hizo en vida. Algún crédito merece George Washington que hizo lo mismo en su testamento.
En tierra aparte están sus profetas, hombres y mujeres, blancos y negros que anunciaron juicio inexorable por la mancha de la esclavitud. David Walker, William Lloyd Garrison, Charles Sumner, Frederick Douglass, Sojourner Truth, Harriet Tubman y John Brown fueron algunos de ellos. Nunca debe olvidarse que la guerra civil abrió caminos para una república multirracial, con oportunidades reales de representación democrática de los afroamericanos.
Catherine Beecher organizó la primera campaña femenina contra la expulsión de indígenas de sus tierras en Georgia, Alabama, Mississippi y Ohio. En 1830, la Cámara federal aprobó aquella expulsión, pero el voto fue 102-97, con tres votos de Pennsylvania comprados. Un voto fatídico, pero no voz de ninguna mayoría legítima. El sur contaba con una ventaja que solo el infierno y la constitución explicaban. Tenían 27 congresistas adicionales gracias al conteo de esclavos al determinar representación.
Ni siquiera he llegado al siglo 20. La dimensión radical explica porque Alexandra Ocasio Cortez es congresista de izquierda, figura nacional y posible contendiente para la presidencia. Y porque Sonia Sotomayor es jueza en el Tribunal Supremo.
Cinco conclusiones, sugiero, quedan autorizadas.
La dimensión radical es la que se invoca para definir a “América”.
Pero, como norma, ha sido minoritaria.
También ha confrontado la especialidad de la otra, que es el robo. Esta otra siempre busca escamotear las conquistas de la primera y no sólo hacerlas suyas sino también auto certificarse como la “América auténtica”.
Su radicalidad, sus facturas pendientes y acusatorias, han sido inoperante la mayor parte de la historia norteamericana. Y los saldos parciales requirieron un tiempo inaudito y ríos de sangre. Uno se alegra por las victorias. Es imposible celebrar su precio.
Esta es la quinta conclusión: en la nación puertorriqueña ha sido y es el independentismo y, por un tiempo muy breve, el autonomismo en su etapa pro-independencia y en su legislación social, los que representaron y, en cuanto al independentismo, sigue representando lo mejor y esperanzador de la historia política estadounidense.
Las primeras cuatro conclusiones pueden estipularse. En este aniversario de la proclama independentista en Filadelfia, la quinta tiene que celebrarse.
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Estados Unidos
Esclavitud
Universidad de Harvard
Roberto Alejandro
Profesor de Teoría Política Universidad de Massachusetts – Amherst
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