Max Resto convierte el mundo de “La Ilíada” en una cruda historia de violencia, poder, ambición y venganza
El Ulises de la recién estrenada película “The Odyssey” me llevó hasta Aquiles. Como reseñadora sin espacios para reseñar, examinaba una tarde las montañas de libros acumulados cuando lo vi, lo leí y lo gocé


Escritora
Ilión
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Max Resto
Nueva York: MRCS, 2024
El Ulises de la recién estrenada película “The Odyssey” me llevó hasta Aquiles. Como reseñadora sin espacios para reseñar, examinaba una tarde las montañas de libros acumulados cuando lo vi, lo leí y lo gocé. Su título, “Ilión”, me refería a la Troya que acababa de ver en pantalla, sitiada por un Ulises agresivo y filosófico. ¿Ulises -y Aquiles- en la misma semana de un julio candente en una isla que perdió su encanto ante los desastres que la afligen?
El Ulises de Matt Damon no puede disimular su agringada procedencia, pero el Aquiles de Max Resto encaja perfectamente como héroe (a medias) de la compleja sociedad urbana puertorriqueña. Taciturno y orgulloso como su tocayo griego, este Aquiles (apellidado Flores) es un teniente estrella de la policía de Puerto Rico que, en el curso de esta novela, entra en batalla campal contra los líderes del punto de drogas de un enorme residencial sanjuanero, iniciando una lucha sangrienta de poder.
La novela es imaginativa como pocas. Traspone a nuestra más reconocible -y terrible- realidad la historia, los personajes, las pasiones y las visiones que han hecho de “La Ilíada” (conocida desde la remota antigüedad) una de las obras más perdurables de la literatura universal. Lo hace con destreza, zanjando las distancias entre dos mundos absolutamente disimiles –el de los mitos griegos y el de las más crudas situaciones puertorriqueñas– mediante la puesta en escena de las pasiones humanas: el orgullo, la ambición, la codicia, la venganza; también el compañerismo y el amor al lar tutelar. Todas han llevado al ser humano a enfrentarse con sus semejantes desde tiempos inmemoriales.
Entre los atacantes de la sitiada Ilión (el residencial) están Aquiles (Flores) retraído después de que sus superiores le quitaran el dominio sobre otro residencial, Las Briseidas (como su homónimo cuando le quitan su esclava de nombre parecido); los hermanos Agamenón y Menelao Gracia (coronel de la policía uno, senador el otro), cocorocos implicados, disimuladamente, en negocios turbios y Atenea Rodríguez Mora, distribuidora de la exquisita cocaína conocida como París. El motivo del ataque es Elena Pardo, esposa de Menelao, quien -seducida por la nueva droga – ha sido expuesta al ridículo público. En ese bando también militan los policías Patroclo, Néstor Pérez y Diomedes Santiago, además de la deidad mayor e innombrada que ha lanzado la consigna inapelable: “mano dura contra el crimen”. En el residencial dominan Héctor, líder de hombres y de puntos; Príamo, su padre putativo; Eneas y Ares, fieles seguidores de Héctor, al igual que Ascáfalo, Deífobo, Sarpedón.
Asoman por estas páginas personajes turbios como Ayax Telamonio, tirador y traidor, y el elusivo Ulises Parés-Iriarte, testigo torturado de hechos nefastos, periodista maleable, escritor desterrado en el Bronx, cuyas visiones de guerra y muerte convocan horrores pasados y presentes.
La acción sigue -en líneas generales- la determinada por el modelo clásico, adaptado a las circunstancias actuales y al entorno en que se desarrolla esta historia. El contraste entre lo consabido y sus nuevas -y sorprendentes- manifestaciones e implicaciones anima la narración, que resulta tan graciosa como cínica y siniestra, apelando al lector desde diversos registros referenciales. Y más allá de la innegable novedad creativa, la escritura alcanza, por momentos, un vuelo épico al reflejar los mecanismos que provocan las confrontaciones, y los errores y casualidades que pueden alterar el curso de cualquier agresión colectiva. Aquí se enfrentan la ley y el orden convencionales con un orden y una ley alternos; las solidaridades establecidas a base de ganancias y conveniencias con las necesarias para sobrevivir; las pasiones avasalladoras de ricos y de pobres, iguales en intensidad, pero no en objetivos.
Y aunque el modo de narrar -con cambios abruptos de tiempos y lugares- podría confundir por momentos al lector, uno de los logros apreciables del libro es el tono a la vez distante y crítico, pero emotivo, que permea la escritura. Fiel a su modelo consagrado, el narrador asume distancia crítica respecto a los hechos que narra, juzgándolos y/o comentándolos. Reconoce así la brecha siempre existente entre la realidad y la escritura: “…el relato… no puede ser más que el aderezado parlotear de los juglares hiperbólicos, extravagantes, desconfiables, el génesis del mito, la leyenda truculenta y viciada”.
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