Con el casco de Ulises en Formentera
Mi casco no es micénico, pero Nolan le ha puesto a Ulises uno ‘Hollywood-style’ y no ha pasado nada



De todos los veraneantes que han acudido estas vacaciones a Formentera solo uno lo ha hecho llevando como complemento de vestuario un casco de guerrero griego en homenaje a Ulises y la Odisea, la de verdad y la de Nolan. Efectivamente: he sido yo.
Colé subrepticiamente el yelmo en la bolsa de material para la playa junto a las máscaras de bucear, las palas y la pelota y la red de vóley, confiando en que mi familia, a la que siempre le afeo cargar en el coche demasiadas cosas inútiles para las vacaciones, no se diera cuenta. En el ferry de Ibiza a Formentera resistí la tentación de sacar el casco y de llegar a la isla instalado en la proa llevándolo puesto y desembarcar a lo grande como el Aquiles de Brad Pitt en Troya.
Mi casco no era una pieza de anticuario o de atrezo de calidad sino una barata aunque muy realista copia de plástico de uno clásico de hoplita, de modelo corintio, como el que lucía Pericles, vamos, de grandes carrilleras y placa nasal, con aberturas para los ojos. De color bronce, daba el pego y con él puesto te sentías capaz de meterte no solo en la Odisea, sino en la Ilíada, y hasta en las guerras del Peloponeso y las médicas -contra los persas (medos): los griegos no tenían a priori nada contra los médicos, y ahí están como prueba Asclepio, Hipócrates o Herófilo de Calcedonia, que hizo un gran servicio a la humanidad al descubrir el duodeno, y no los leggins como podría pensarse-. Alguien dirá que un casco de hoplita del siglo V antes de Cristo no tiene nada que ver con el micénico que se podía haber llevado en la guerra de Troya en el XII ni con los de la época de Homero en el VIII. Pero Nolan le ha puesto a Ulises un casco más improbable, Hollywood style (si tengo a Matt Damon, que se le vea la cara, se habrá dicho), y no ha pasado nada.
Encontraba irresistible la idea de encasquetarme el yelmo en las playas de Formentera y revivir las idas y venidas de Ulises por las islas de los cícones, los lotófagos, los cíclopes, Eolo, los lestrigones, Circe, los cimerios (no confundir con Conan), las sirenas, Calipso, Helios, los feacios, hasta llegar a Ítaca a machacar a los pretendientes (de todas esas islas tiene algo Formentera). Por cierto, esta vez no he llevado el arco, como solía hacer hace años (es difícil reprochar a la familia llevar cosas inútiles y cargar tú el arco, las flechas y el gran blanco de paja que garantiza que no se te va a escapar un dardo y darle a un italiano, que es lo más probable en la isla). Y es una pena porque la combinación con el casco hubiera sido de aúpa y me hubiera franqueado el paso en algunos lugares exclusivos donde mi desenfadada indumentaria estival y los precios me impiden la entrada.
En fin, al poco de llegar me armé de entusiasmo y me llevé el casco a la playa de Migjorn en la zona del extinto chiringuito Pelayo, hoy en ruinas como Troya, y, en un momento en que no había casi nadie, me despojé de todo, me lo encasqueté y me zambullí épico en las olas divinamente glaucas. Calculé mal (se veía poco por las rendijas de los ojos) y me golpeó con fuerza una gran ola espumeante, enviada sin duda por el poderoso Poseidón, cabreado todavía por lo de Polifemo. Revolcado entre la arena del fondo pensé confusamente en que si me ahogaba a lo mejor me confundían en mi desnudo heroico y bronceado con uno de los Guerreros de Riace y acababa en un museo.
Cuando logré salir del agua, con el casco al revés y algas (posidonia) en los bajos, y me arrastré boqueando sobre la arena no hubo una Nausicaa que me asistiera sino que la única chica en la playa retrocedió alarmada. La mala experiencia no me impidió disfrutar en otras playas de mi casco, e incluso de hacerme sentidos selfies. La ventaja es que con el yelmo puesto no se te reconoce. Es cierto que mi cuerpo no es del todo el de Matt Damon o el de Ralph Fiennes, pero también es verdad que ellos han hecho trampa musculándose específicamente para encarnar a Ulises, el primero con el fisioterapeuta doctor Gabe Stump, que lo machacó a sentadillas y le sacó seis kilos de grasa, y el segundo con su personal trainer Dan Avasilcai a base de proteínas magras y running, llevando al protagonista de El paciente inglés a las páginas centrales de Men’s Health: Ralph Fitness.
Sea como sea, he vuelto a conseguir sorprender en Formentera con mi atuendo, y mira que es difícil que en Formentera te sorprenda ya algo, y he vuelto a crear estilo. Como resumió impresionado el borrachín Michaleen Oge Flynn (Barry Fitzgerald) al ver desmontada la cama de Sean Thornton (John Wayne) y Mary Kate Danaher (Maureen O´Hara) en su noche de bodas en El hombre tranquilo: “¡Homérico!”.
Sobre la firma

Jacinto AntónVer biografía
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