Debate NRM | Resolución contra el socialismo en EE.UU.: les queda solo meter miedo

La resolución de la Cámara de Representantes contra el socialismo no elimina las contradicciones del capitalismo ni responde a las preguntas que enfrentamos como clase trabajadora. Más allá del miedo y el anticomunismo, debemos estudiar qué significa realmente el socialismo, quién controla la riqueza que producimos y qué implicaría transformar las relaciones sociales de producción. Porque si otros quieren definir el socialismo por nosotros, nuestra respuesta debe ser clara: estudiarlo, discutirlo y organizarnos.

Nexo DebateEstados UnidosPuerto Rico

Sep 5

Por Isabelino Montes

La Cámara de Representantes de Estados Unidos acaba de aprobar una resolución contra el socialismo. El mensaje político es claro: condenar el socialismo «en todas sus formas», asociarlo con experiencias históricas que la resolución presenta como responsables de autoritarismo y muertes masivas y, al mismo tiempo, reivindicar los principios constitucionales estadounidenses y determinadas medidas sobre la seguridad electoral. La H.Res. 1490 fue aprobada el 1 de septiembre de 2026 por 220 votos contra 192, con dos representantes presentes.

Pero hay algo que debemos aclarar desde el principio: esta resolución no convierte en delito ser socialista ni, por sí misma, establece una prohibición del socialismo. Su función es principalmente política e ideológica. Es una declaración de la Cámara y un instrumento para intervenir en el debate público, especialmente en un momento electoral en el que las ideas identificadas con el socialismo han ganado mayor presencia dentro de determinados sectores de la política estadounidense. La propia resolución menciona expresamente a los Socialistas Demócratas de América, conocidos como DSA, y pide la aprobación de legislación relacionada con requisitos para votar.

Y precisamente aquí comienza una discusión que va mucho más allá de una resolución congresional.

Porque incluso dentro de los sectores que hoy se identifican como socialistas en Estados Unidos existe una diferencia fundamental entre las reformas que buscan desarrollar dentro del capitalismo y una concepción revolucionaria del socialismo basada en la transformación de las relaciones sociales de producción y en la conquista del poder político por parte de la clase trabajadora.

Una parte importante de estas corrientes busca reformas sociales dentro del capitalismo. Pretende ampliar derechos sociales, mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y distribuir de manera diferente una parte de las riquezas producidas por la sociedad. En otras palabras, busca hacer el capitalismo más social y, para algunos de sus sectores, más humano.

Pero aquí debemos hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿hasta qué punto los sectores que concentran el poder económico están dispuestos siquiera a aceptar una distribución más justa de la riqueza producida por los trabajadores?

La propia estructura del capitalismo nos ayuda a entender el problema. Cuando una minoría concentra la propiedad de una parte fundamental de los medios de producción y busca convertir continuamente la riqueza en más capital, cualquier política que cuestione esa distribución puede generar resistencia.

Y existe un temor todavía mayor.

El verdadero problema para quienes defienden el orden establecido no sería simplemente que alguien utilice la palabra «socialismo» en una campaña electoral. El problema aparecería si ese debate comenzara a adquirir un carácter de clase. Si los trabajadores y trabajadoras comenzaran a preguntarse por qué producen la riqueza pero no controlan las condiciones bajo las cuales esa riqueza se produce y distribuye. Si comenzaran a estudiar cómo funciona el capitalismo, cuáles son sus contradicciones y si esas contradicciones pueden ser superadas mediante una transformación de las relaciones sociales.

Ahí cambia completamente la discusión.

Porque una cosa es pedir reformas dentro del capitalismo y otra muy distinta es cuestionar las relaciones de producción que sostienen al propio sistema.

Por eso tampoco sorprende que existan límites y diferencias entre la dirección tradicional del Partido Demócrata y sectores vinculados al DSA. Mientras tanto, sectores republicanos han convertido el anticomunismo y la oposición al socialismo en parte de un discurso político que también se relaciona con el patriotismo, la religión y la defensa de determinadas concepciones sobre la nación y las elecciones. La propia resolución combina la condena al socialismo con el respaldo a la llamada SAVE America Act.

El resultado es una batalla ideológica.

La resolución retoma elementos del viejo anticomunismo estadounidense y presenta al socialismo y al comunismo como sistemas históricamente vinculados con hambrunas, asesinatos en masa y regímenes totalitarios. En su argumentación menciona figuras como Lenin, Stalin, Mao, Castro, Pol Pot, los Kim, Ortega, Chávez y Maduro. También afirma que las experiencias comunistas o totalitarias del siglo XX provocaron más de 100 millones de muertes.

Pero el problema aparece cuando toda la historia del socialismo y del comunismo se reduce a esa interpretación.

La resolución también sostiene que Estados Unidos fue fundado sobre la «santidad del individuo» y presenta el colectivismo socialista como fundamentalmente contrario a esos principios.

Pero entonces tenemos que preguntar: ¿de cuál individuo estamos hablando?

¿Del indígena expulsado de sus tierras? ¿Del esclavo negro privado de su libertad? ¿De la mujer que durante buena parte de la historia estadounidense estuvo excluida de derechos políticos? ¿Del inmigrante perseguido? ¿De quienes fueron víctimas de la trata humana? ¿De las poblaciones sometidas por la expansión territorial y militar estadounidense?

La historia de Estados Unidos también está atravesada por la esclavitud, la expropiación de tierras indígenas, la segregación racial, la explotación laboral y diferentes formas de dominación política y militar. Presentar esa historia como la realización plena de la «santidad del individuo» deja fuera contradicciones fundamentales de la propia experiencia estadounidense.

La resolución incluso utiliza contra el DSA una frase asociada a una de sus posiciones: «Estados Unidos nunca ha sido una democracia». La afirmación puede ser discutida, pero los procesos históricos que alimentan ese debate no desaparecen porque una resolución congresional los condene. La apropiación de tierras indígenas, la esclavitud, la segregación racial y las restricciones históricas al sufragio de distintos sectores forman parte de la historia del país.

Y la discusión tampoco pertenece únicamente al pasado.

En la actualidad continúan los debates sobre los límites del poder presidencial, la política migratoria, las acciones militares y el alcance de las facultades del Ejecutivo. Al mismo tiempo, la resolución se presenta como defensora de la Constitución y sostiene que determinadas posiciones asociadas al DSA amenazan la participación electoral.

Aquí aparece otra contradicción que merece ser discutida: hablar de democracia no puede limitarse a preguntar quién puede votar. También debemos preguntarnos quién posee los recursos económicos, quién controla los grandes medios de producción y quién tiene capacidad efectiva para influir sobre las grandes decisiones políticas.

Por eso esta resolución debe analizarse más allá de su utilidad electoral inmediata. Es también una batalla por definir qué significa el socialismo antes de que los propios trabajadores puedan estudiarlo y discutirlo.

Y aquí está el punto que más nos interesa como clase trabajadora.

Mientras año tras año trabajamos y muchas veces sentimos que nuestras condiciones materiales no mejoran en la misma proporción, podemos terminar interpretando cada problema exclusivamente como resultado de un mal gobierno, un político determinado o una administración deficiente.

Entonces el problema parece ser simplemente cómo administrar mejor el capitalismo.

Pero desde una perspectiva socialista revolucionaria, la pregunta es mucho más profunda: ¿el problema está únicamente en la administración del sistema o también en las relaciones sociales que sostienen ese sistema?

La resolución intenta responder esa discusión presentando al socialismo como responsable de determinadas experiencias históricas y crisis. Pero las ideas socialistas y comunistas surgieron precisamente del análisis de las contradicciones del capitalismo, especialmente con el desarrollo de la industria moderna y el crecimiento de la clase obrera europea.

Marx y Engels estudiaron los distintos modos históricos de producción para comprender cómo se desarrollan y transforman las sociedades. Desde esa perspectiva, el socialismo no significa simplemente repartir una mayor cantidad de riqueza dentro del capitalismo.

En la concepción marxista, el socialismo constituye una fase inferior de la sociedad comunista. Es una sociedad que supera la lógica de la acumulación privada del capital, pero que todavía conserva «huellas de nacimiento» de la sociedad anterior: desigualdades, división del trabajo y determinadas formas de derecho heredadas del capitalismo.

Por eso, en esa primera fase, la distribución se encuentra vinculada a la contribución laboral: cada persona recibe de acuerdo con la cantidad y calidad de su trabajo.

El comunismo supondría una transformación mucho más profunda. Marx y Engels lo relacionaron con una sociedad en la que desaparecen la subordinación esclavizante a la división del trabajo y la separación rígida entre trabajo intelectual y manual, mientras el desarrollo de las fuerzas productivas permite que el trabajo deje de ser simplemente un medio para sobrevivir y pueda convertirse en una necesidad vital.

Entonces cambia también el principio de distribución: «De cada uno, según sus capacidades; a cada uno, según sus necesidades».

Aquí aparece una diferencia fundamental que la resolución evita explicar.

Desde una perspectiva revolucionaria, el socialismo no se define simplemente por repartir más recursos. Se define por la transformación de las relaciones sociales de producción y por la formación política de la clase trabajadora para conquistar el poder y reorganizar la sociedad sobre nuevas bases.

Eso es precisamente lo que puede resultar amenazante para quienes defienden el orden establecido.

Pero entonces debemos preguntar: ¿por qué debería tener miedo la clase trabajadora?

¿Por qué debería ser peligroso discutir la posibilidad de socializar la producción y las riquezas que producimos colectivamente?

¿Por qué debería resultar aterrador imaginar una sociedad en la que la mayoría trabajadora tenga control sobre las decisiones fundamentales que determinan su propia vida?

El miedo no necesariamente está del lado de quienes trabajan. El conflicto aparece cuando una transformación social amenaza los privilegios de quienes poseen y controlan una parte fundamental de la riqueza.

Y esa discusión también la hemos visto en Puerto Rico.

Durante las últimas elecciones, el Partido Independentista Puertorriqueño y la Alianza con el Movimiento Victoria Ciudadana tuvieron que responder a acusaciones que los vinculaban con el socialismo. Pero aquí surge una pregunta que debemos hacernos: ¿era necesario responder a esas acusaciones contribuyendo, de alguna manera, a la demonización del socialismo y del comunismo?

La discusión pudo haber sido otra.

El propio DSA reivindica una tradición de luchas obreras vinculadas históricamente con conquistas como la jornada de ocho horas, la seguridad social, los derechos sindicales, la salud pública y la educación pública. En lugar de permitir que los sectores más reaccionarios definan unilateralmente qué significa socialismo, sería mucho más útil discutir las diferencias entre socialdemocracia, socialismo reformista, socialismo revolucionario y comunismo.

Porque no todo lo que se llama socialista significa lo mismo.

Y tampoco todas las experiencias históricas que utilizaron el nombre del socialismo fueron iguales.

Como trabajadores y trabajadoras tenemos la responsabilidad de estudiar esas experiencias. Debemos preguntarnos cuáles desarrollaron reformas favorables para las mayorías, cuáles intentaron transformar las relaciones de producción, cuáles fueron derrotadas por condiciones externas y cuáles desarrollaron contradicciones internas que terminaron alejándolas de sus objetivos originales.

La resolución utiliza como ejemplos para sembrar miedo a Cuba, Venezuela, la Unión Soviética, China y Corea del Norte.

Pero no podemos meter todas esas experiencias en el mismo saco.

Cada una tiene una historia, unas condiciones materiales y unas relaciones políticas particulares.

Desde una perspectiva de avance para las masas trabajadoras, consideramos que uno de los ejemplos más importantes de la historia moderna fueron los primeros años de la Unión Soviética hasta la Segunda Guerra Mundial, con todos los errores, contradicciones y problemas que deben ser estudiados críticamente.

Después comenzó un proceso de deterioro que tiene su propio contexto histórico y político y que no puede explicarse simplemente mediante las categorías de la propaganda anticomunista.

La Unión Soviética consiguió importantes avances en educación, salud, derechos sociales e industrialización en un contexto extraordinariamente hostil. Tuvo que reconstruirse después de una guerra civil, enfrentó amenazas externas de las potencias capitalistas y posteriormente una guerra total contra la Alemania nazi.

Todo esto ocurrió mientras también se desarrollaban errores, conflictos y profundas contradicciones.

Pero precisamente esa experiencia demuestra que ningún proceso histórico puede analizarse separado de las condiciones materiales en las que se desarrolla.

El aislamiento y la presión ejercida sobre la Unión Soviética por las potencias capitalistas fueron enormes. Esa historia no convierte automáticamente a la Unión Soviética en un modelo perfecto ni elimina sus contradicciones. Pero tampoco permite reducir toda su experiencia a la caricatura presentada por la propaganda anticomunista.

Venezuela presenta otra experiencia.

Determinados sectores pueden utilizar un lenguaje socialista mientras desarrollan políticas que no necesariamente conducen a una transformación revolucionaria de las relaciones de producción. Presentar reformas sociales o nacionalizaciones parciales como si fueran automáticamente socialismo puede terminar confundiendo y desarmando políticamente a la clase trabajadora.

Corea del Norte tampoco corresponde automáticamente con las concepciones de democracia obrera o dictadura del proletariado desarrolladas por Marx y Engels. No podemos asumir que porque un Estado utilice una determinada denominación política representa necesariamente la concepción histórica asociada con ese término.

Cuba presenta otra realidad.

La revolución cubana logró importantes avances sociales, pero también ha enfrentado enormes limitaciones económicas y productivas. A esto se suma el prolongado bloqueo económico estadounidense y las condiciones materiales propias de una isla que necesita relacionarse con un mercado mundial dominado por relaciones capitalistas.

Al mismo tiempo, debemos reconocer las contradicciones existentes dentro de la propia sociedad cubana. Existen sectores privilegiados dentro de la dirección política que conservan beneficios mientras amplios sectores del pueblo enfrentan dificultades materiales severas.

Revolucionarios cubanos, dentro y fuera del Partido Comunista, han discutido esas contradicciones y la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas y transformar la sociedad en beneficio de los trabajadores.

Esa tarea histórica corresponde a los propios cubanos: defender las conquistas de la revolución y, al mismo tiempo, transformarlas en beneficio de la clase trabajadora.

China presenta otra contradicción todavía más evidente.

El discurso político estadounidense utiliza a China como uno de los principales ejemplos para producir temor alrededor del socialismo. Pero una parte importante del conflicto entre Estados Unidos y China también está relacionada con la competencia económica y geopolítica entre dos grandes potencias.

China hace mucho tiempo dejó de encaminarse hacia el socialismo en el sentido de una democracia obrera revolucionaria. Su modelo productivo incorpora amplias relaciones capitalistas, empresas privadas nacionales y empresas transnacionales, mientras el Estado conserva un papel central en la planificación y dirección económica.

A este modelo se le denomina frecuentemente «socialismo de mercado».

Para determinados sectores de izquierda, el desarrollo de las fuerzas productivas chinas puede resultar admirable. Pero desde una perspectiva de clase revolucionaria, la pregunta debe ser otra: ¿para quién se desarrollan esas fuerzas productivas?

El objetivo no debería ser simplemente convertir a un país en una potencia económica.

Si las fuerzas productivas continúan desarrollándose bajo relaciones capitalistas, su expansión permanece vinculada a la acumulación de capital.

Para la clase obrera revolucionaria, la cuestión fundamental sería que las fuerzas productivas estuvieran bajo control de los trabajadores y fueran utilizadas para transformar las relaciones sociales a escala internacional.

Por eso las contradicciones del capitalismo no desaparecen porque una Cámara de Representantes apruebe una resolución contra el socialismo.

Pueden intentar desacreditar determinadas ideas.

Pueden revivir el anticomunismo.

Pueden utilizar el patriotismo, la religión y el miedo.

Pueden presentar una historia simplificada.

Pero no pueden eliminar las contradicciones materiales que producen esas ideas.

Y los datos sobre opinión pública muestran que el debate no está desapareciendo.

En Rusia, por ejemplo, el Pew Research Center encontró que el 69% de los encuestados en 2015 consideraba negativa la desaparición de la Unión Soviética. En 2017 esa proporción había bajado al 59%, pero continuaba representando una mayoría. Además, el sentimiento era considerablemente más fuerte entre los mayores de 35 años.

En Estados Unidos también existen diferencias generacionales importantes. Una encuesta de Gallup publicada en 2026 encontró que los adultos de 18 a 34 años eran mucho menos propensos que los mayores de 55 a decir que no había nada positivo en el socialismo: 13% frente a 42%. Los jóvenes también mencionaban con mayor frecuencia la igualdad y el acceso a servicios básicos entre los aspectos positivos que asociaban con el socialismo.

Estos datos no significan que la mayoría de los jóvenes estadounidenses sean socialistas ni que exista un consenso sobre el significado de esa palabra. Pero sí muestran que, después de décadas de anticomunismo, el socialismo continúa siendo una idea que sectores importantes de la población están dispuestos a discutir.

Y ahí encontramos el verdadero punto de la discusión.

No se trata simplemente de una palabra.

Se trata de que una nueva generación pueda comenzar a preguntarse por qué trabaja cada vez más mientras siente que recibe cada vez menos.

Se trata de que los trabajadores puedan comenzar a interpretar las crisis no únicamente como resultado de un mal gobierno, sino también como expresiones de contradicciones propias del modo de producción capitalista.

Se trata de que podamos preguntarnos quién produce la riqueza, quién la controla y quién decide qué hacer con ella.

Algunos responderán que la solución consiste simplemente en construir un capitalismo mejor administrado.

Pero las contradicciones que enfrentamos no aparecieron ayer. No son únicamente producto de un presidente, de un partido o de una administración determinada.

Desde la perspectiva socialista revolucionaria, la clase trabajadora produce una parte fundamental de la riqueza social, mientras una minoría controla los medios de producción y se apropia del excedente generado por el trabajo.

Mientras esa relación permanezca, continuarán las contradicciones.

La competencia seguirá empujando a las empresas a producir más, vender más y convertir una parte cada vez mayor de la riqueza en capital.

La alternativa socialista revolucionaria plantea transformar esa relación: socializar las riquezas y las fuerzas productivas y colocarlas bajo la dirección política de la clase trabajadora para satisfacer las necesidades sociales.

Eso significa plantear una transformación hacia una sociedad donde la mayoría trabajadora pueda gobernar de acuerdo con sus propios intereses.

Por eso, cuando una resolución política intenta presentar el socialismo como una amenaza, la respuesta de quienes quieran estudiar esta cuestión no debería ser el miedo.

Debe ser el estudio.

Debe ser la discusión.

Debe ser la organización política.

Porque el socialismo no debería ser definido únicamente por sus adversarios ni por una resolución congresional.

Y el comunismo tampoco puede reducirse a una lista de gobiernos y acontecimientos históricos separados de las condiciones concretas en las que surgieron.

Si ser socialista significa luchar por una sociedad en la que la riqueza producida colectivamente no esté subordinada exclusivamente a los intereses de quienes controlan el capital, entonces debemos estudiar seriamente qué significa esa transformación.

Si ser comunista significa aspirar a una sociedad en la que las riquezas colectivas sean utilizadas para satisfacer las necesidades humanas y en la que la clase trabajadora conquiste el poder político para transformar las relaciones sociales, entonces debemos discutirlo también con seriedad.

Que continúe el debate.

Que continúe la discusión histórica.

Que intenten definir el socialismo desde el miedo.

Nos corresponde a los trabajadores y trabajadoras estudiarlo desde nuestra propia experiencia, comprender las contradicciones del sistema en que vivimos y sacar nuestras propias conclusiones.

Porque frente a una resolución que intenta condenar una idea, la respuesta más poderosa no es esconderse.

Es conocerla.

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