América reaccionaria: el laboratorio mundial de las derechas
La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia consuma el avance de líderes y fuerzas que dibujan un nuevo mapa político en América. Los ultras avanzan, con excepciones como México y Brasil, y amenazan con frenar las aperturas políticas y sociales de las últimas décadas



Nayib Bukele ha convertido El Salvador en un escaparate mundial de la seguridad a costa de, cuando menos, dinamitar las instituciones y aprovecharse de una indudable popularidad para buscar perpetuarse en el poder, al que llegó en 2019. Javier Milei empuña una motosierra imaginaria desde la Casa Rosada, que ocupa desde hace casi tres años. Para entonces, Donald Trump ya preparaba su regreso a la Casa Blanca prometiendo la mayor deportación de la historia de Estados Unidos. En aquellos años, en Santiago de Chile, José Antonio Kast seguía creciendo mientras trataba de bajar el volumen a su nostalgia pinochetista. Desde el pasado viernes, Colombia está gobernada por Abelardo de la Espriella, otrora abogado de mafiosos, que ha convertido la provocación, el rechazo al progresismo y la promesa de una mano dura sin complejos en una plataforma política que le ha llevado al poder. Vistas por separado, ninguna de estas escenas explica América. Observadas juntas, empiezan a dibujar un mapa.

Durante mucho tiempo, sobre todo en las dos décadas y media de este siglo, ese mapa se leyó como un péndulo. La región giraba hacia la izquierda y después, regresaba a la derecha. Por momentos, volvía al centro. Era una explicación cómoda, un consuelo, incluso, se podría pensar para las fuerzas derrotadas, en un continente acostumbrado a gobiernos inestables, ciclos económicos breves y electorados dispuestos a castigar al poder. Pero quizá el péndulo ya no baste para describir lo que ocurre. El color de los gobiernos ya no es lo único que está cambiando.
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Alberto Vergara, académico peruano, propone hablar de una América reaccionaria. La expresión, argumenta, evita la interminable discusión sobre si cada candidato debe ser descrito como conservador, radical, populista, ultra o de extrema derecha. También permite precisar la naturaleza del fenómeno: no se trata solo de fuerzas que desean reformas más conservadoras o un Estado más pequeño, sino de una reacción frente a las aperturas civiles, políticas y sociales que acompañaron a las transiciones democráticas y se ampliaron durante las últimas décadas.
La derecha latinoamericana de los años noventa prometía dejar atrás el pasado. Hablaba de privatizaciones, disciplina fiscal, apertura comercial, modernización… En los gobiernos primaban los economistas formados en universidades estadounidenses, citaban las virtudes del mercado y ofrecían a países agobiados por la inflación y el fracaso estatal una entrada acelerada al futuro. Para aquella derecha, la historia era un lastre. Había que superar el populismo y reducir la política a una administración racional de la economía.
La nueva derecha de América, como también, es obvio, la del resto del mundo, mira en otra dirección. No ha abandonado necesariamente el liberalismo económico —ahí está Milei—, pero ya no considera que el mercado sea suficiente para construir una identidad política.
Un reciente texto académico de Vergara y la historiadora Camila Perochena lo ilustraba de la siguiente manera. En el centro de Lima, Francisco Pizarro volvió a cabalgar en 2025. La estatua ecuestre del conquistador había sido retirada en 2003 de las inmediaciones de la plaza Mayor. El alcalde de entonces defendió la necesidad de incorporar símbolos capaces de representar a una sociedad más diversa. Dos décadas después, otro alcalde procedente de la misma tradición política, Rafael López Aliaga, ordenó devolverla al centro histórico. Lo hizo acompañado por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y por descendientes de Pizarro, durante una ceremonia concebida no como la discreta restitución de un monumento, sino como una batalla por el sentido de la historia. El caballo era el mismo. La derecha, no.
Para Vergara y Perochena, la nueva derecha se distingue de sus antecesoras precisamente por haber devuelto la historia al centro de la política. Una batalla cultural, a fin de cuentas, como la que proclama desde el corazón del imperio el movimiento MAGA de Trump (Make America Great Again).
La restitución de Pizarro es algo más que una anécdota peruana. El Gobierno de Milei recuperó en Argentina la denominación del Día de la Raza y presentó la llegada de Colón como el comienzo de la civilización. Jair Bolsonaro reivindicó la dictadura militar y convirtió reliquias, uniformes y ceremonias en instrumentos de identidad política. Kast ha debido modular su relación con el pinochetismo, pero procede de esa memoria. En Perú se rehabilita la figura de Alberto Fujimori y se reivindica una tradición católica e hispanista enfrentada a lo que la derecha denomina marxismo cultural. Cada derecha adapta el repertorio que la derecha internacional ha mostrado en todo el mundo, especialmente en Europa, a su historia nacional. Pero detrás de esas diferencias aparece una voluntad compartida: revisar quién pertenece plenamente a la comunidad y qué grupos han adquirido, según esta mirada, demasiada influencia, demasiada visibilidad o demasiados derechos.

La palabra nostalgia, sin embargo, puede resultar tramposa. La América reaccionaria no avanza solo porque haya encontrado una interpretación atractiva del pasado. Las grietas del presente han permitido este avance. La región acumula frustraciones: desigualdad, inseguridad, corrupción, violencia, servicios públicos deficientes y una desconfianza profunda hacia las instituciones. Y ocurre, en gran medida, después de que el progresismo, las izquierdas, hayan copado el poder como nunca antes en el continente, hasta el punto de que las seis principales economías de América Latina —Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú— llegaron a estar gobernadas por líderes progresistas al mismo tiempo, algo que nunca antes había ocurrido. Ahora, el malestar de la gente se le atraganta a esas mismas fuerzas. Como apunta Manuel Canelas, politólogo boliviano y exministro en el último Gobierno de Evo Morales, “a la izquierda le cuesta aceptar que hay un pueblo de derechas. Entre olas que van y vienen, quizás es bueno poner atención a lo que sedimenta debajo de ellas. El sueño de que todo fue un mal sueño ya no vale”.
Pablo Stefanoni, periodista e historiador, autor del obligado ¿La rebeldía se volvió de derechas? (2023, Siglo XXI), advierte también contra la tentación de presentar un bloque compacto: “La extrema derecha es una suerte de comunidad emocional. Bukele dice que lo público debe ser mejor que lo privado; Milei, que el Estado es un pedófilo en un jardín de infantes; Kast es un nacional-conservador pospinochetista. El pegamento es el antiprogresismo o antiwokismo. Y ahora también Estados Unidos se une a estas derechas. Y, además, todas se alinean con Israel”, argumenta, al tiempo que destaca el hecho de que México y Brasil, los dos gigantes, aún siguen en manos progresistas.
En ese universo emocional, las contradicciones en sus programas, en sus promesas, importan menos que tener un adversario común. Lo importante es ser celebrados por el mismo público, ávido de hostilidad frente al progresismo. La América reaccionaria no posee todavía un consenso comparable al que organizó el continente en los años noventa alrededor del mercado. En cada país responde a una urgencia distinta. La inseguridad y la mano dura fueron cruciales en Ecuador y Colombia; la economía, en Argentina y Bolivia, y la migración lo fue en Chile. Lo que identifica Antoni Gutiérrez-Rubí, consultor político, uno de los principales estrategas de la región, es una promesa transversal: “Recuperar el control perdido, ya sea sobre las fronteras, las calles o la economía. O dicho de otra manera: la previsibilidad de la vida, que tu vida no esté en riesgo en cualquier momento. Que el día siguiente esté suficientemente garantizado y seguro”.
La seguridad ocupa un lugar central en la disputa de América. La expansión del crimen organizado y la incapacidad de los gobiernos para frenarlo han convertido el miedo en una experiencia cotidiana para millones de latinoamericanos. La derecha radical no inventa ese problema, pero sí ofrece una solución muy visual: megacárceles, soldados en las calles, operativos, estados de excepción. Las políticas de seguridad que producen avances discretos, sin exhibiciones punitivas, pueden pasar inadvertidas. La política de mano dura, en cambio, ofrece una compensación simbólica inmediata. Stefanoni lo califica de “marketing de la crueldad”. La megacárcel de Bukele no es solo una infraestructura penitenciaria; es una imagen política que circula mucho más allá de El Salvador.

La izquierda no está ni mucho menos exenta de culpa ante el avance de esta América reaccionaria. Después de haber monopolizado durante décadas el lenguaje de la transformación, parte del progresismo repitió fórmulas agotadas y comenzó a ser percibido como una nueva élite. Los viejos populismos de izquierda perdieron capacidad para emocionar. Las políticas redistributivas asociadas al auge de las materias primas mejoraron la vida de millones de personas, pero resultaron insuficientes para transformar Estados débiles, economías informales y servicios públicos precarios. No solo eso, el ocaso de algunos de sus líderes es notable: Maduro está encarcelado en Nueva York; Cristina Fernández, en arresto domiciliario; Rafael Correa, exiliado en Bélgica; Evo Morales, autoexiliado en el Chapare boliviano arengando a las masas contra el actual Gobierno.
Además, la reacción que hoy vive el continente no surgió fuera del sistema que combate; en parte fue incubada por él. Los gobiernos progresistas que abrazaron el caudillismo, la polarización y el desprecio por el pluralismo, que de transformadores derivaron en autoritarismos, ayudaron a legitimar esas mismas armas para sus adversarios. La idea de refundar la patria o presentar al opositor como traidor y convertir la victoria electoral en una especie de cheque en blanco, preparó el terreno para una derecha dispuesta a jugar con mayor agresividad. Abelardo de la Espriella, como némesis del Gobierno de Gustavo Petro —quien durante su mandato se dedicó a través de redes sociales a criticar a su oponente descalificándolo con ataques muy similares—, es quizás el mayor exponente.
Hay otro componente que no es exclusivo de América, aunque se ha acentuado en los últimos años. Las ideas reaccionarias se expanden hoy a ritmo vertiginoso: foros, fundaciones, asesores, influencers, canales de vídeo y plataformas digitales convierten problemas locales en capítulos de una guerra cultural global. Como explica Pablo Stefanoni, se trata de una suerte de “gran supermercado global de argumentos reaccionarios, por eso los libertarios argentinos, donde no hay islamismo, hablan de la islamización de Occidente y tratan de construir un pánico moral absurdo”. Cada dirigente selecciona de las estanterías de ese gran supermercado los miedos que mejor encajan con su público. El comunismo, la inmigración, la ideología de género, el fraude electoral, las élites globalistas. Algunos productos se consumen en todos los países; otros se adaptan o se ocultan. Milei modera internamente ciertas posiciones que exhibe en los foros internacionales. Kast privilegia seguridad y economía cuando la guerra cultural amenaza con reducir su base. La reacción tiene convicciones, pero las encuestas aún pesan.

Durante buena parte del siglo XX, el prototipo de líder personalista latinoamericano necesitaba un partido, un ejército, sindicatos o cualquier tipo de redes clientelares. El nuevo strongman u hombre fuerte es hoy en día una celebridad conectada directamente con millones de seguidores. Milei, Bukele, De la Espriella son líderes que narran su propia epopeya, identifican a sus enemigos y convierte cada crítica en una confirmación de que el sistema conspira contra él. En este sentido, Gutiérrez-Rubí sostiene que ha cambiado la infraestructura del caudillismo, pero no su lógica plebiscitaria y emocional: “Antes había una relación directa, hoy, a través de plataformas y comunidades digitales”.
Donald Trump ocupa un lugar central en esa transformación, no porque todos los dirigentes latinoamericanos sean imitaciones suyas, sino porque el movimiento MAGA proporciona un lugar común a una familia ideológica dispersa. Durante décadas, el caudillismo fue visto desde Washington como una patología latinoamericana. No es que Estados Unidos se haya “latinoamericanizado”, sino que la América reaccionaria evidencia que el caudillo quizá no fuera una peculiaridad del sur, sino una tentación general de la democracia.
Stefanoni introduce otro matiz necesario. Los nuevos líderes, algunos de ellos considerados outsiders, todavía no se han convertido necesariamente en caudillos clásicos. Pueden ser más celebridades que caudillos, más eficaces para destruir consensos que para fundar un nuevo orden. Muchos carecen de partidos sólidos y, hasta ahora, abandonan el poder cuando pierden las elecciones, aunque Trump y Bolsonaro hayan alentado asaltos institucionales después de sus derrotas.
La América reaccionaria todavía no es un régimen regional ni un destino inevitable. Los progresismos mantienen bases sociales importantes, como demostró el gran resultado de Iván Cepeda en las últimas elecciones colombianas o Rodrigo Sánchez en Perú; las instituciones limitan en muchos países los deseos de sus dirigentes; los movimientos feministas y de derechos humanos conservan capacidad de resistencia. Las derechas han demostrado una enorme habilidad para ganar elecciones y organizar emociones, pero no necesariamente para resolver los problemas que las llevaron al poder.
América Latina ha pasado buena parte de su historia buscando el futuro. La derecha de los noventa prometió encontrarlo en el mercado. La izquierda de principios del siglo XXI, en la igualdad y la incorporación de los excluidos. La reacción actual propone otro viaje: regresar a un pasado supuestamente ordenado, jerárquico y probablemente imaginario, anterior a la incertidumbre, a la diversidad y a la ampliación de derechos. Han encontrado un lenguaje para conjurar el desorden, pero aún deben demostrar si pueden gobernarlo.
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Colombia inicia una nueva era marcada por Dios y los uniformes
El presidente De la Espriella promete un país nuevo construido sobre la displina, la familia y la religión


Cali – 09 AGO 2026 – 00:00 AST
Nunca tantos colombianos se habían santiguado tanto, y nunca todos a la vez. Este viernes, mientras Abelardo de la Espriella pronunciaba su primer discurso como presidente, sus fieles vibraban y rezaban al mismo tiempo. En el centro de prensa habilitado en Cali, varios de los presentes —colaboradores de medios cristianos, canales afines al nuevo Gobierno o activistas provida, más que periodistas— prefirieron santiguarse ante la pantalla antes que tomar notas. “Amén”, “esto es un milagro”, “ay, pero mírale qué lindo”, susurraban, mientras el mandatario prometía una nueva era de “orden, libertad y autoridad”.
Colombia se adentra desde el viernes en un experimento político que promete un resultado nuevo con ingredientes más que conocidos. De la Espriella dejó clara, desde la primera frase, cuál será la brújula de su Gobierno: Dios. Y quién ejecutará sus decisiones: los militares. También quién le inspirará: Estados Unidos. Sus simpatizantes, la nueva y vieja derecha, amplifican las enormes expectativas generadas, mientras la izquierda se lleva las manos a la cabeza ante lo que interpretan como un regreso al pasado. Unos ven progreso, otros retroceso.
El nuevo mandatario, que ganó las elecciones presentándose como un outsider, promete imprimir el trumpismo en el país, cambiar las negociaciones de paz por disparos y acabar con otro mal endémico en la región: la corrupción. “La Patria Milagro” lo llama.
En solo unas horas como presidente, De la Espriella reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, trasladó presos involucrados en los diálogos con el gobierno, anunció la declaración como “terroristas” de varias organizaciones para dar más margen de acción militar, prometió eliminar el impuesto al patrimonio que pagan los más ricos, dar espacio a la iniciativa privada, acabar con el supuesto adoctrinamiento en las aulas y congelar inmediatamente el gasto público. “Debemos poner la casa en orden”, dijo.
La posesión se dividió en dos actos sin un solo renglón torcido. Todo estaba pensado para escenificar mensajes. En el auditorio, entre 2.500 personas y diez jefes de Estado, De la Espriella apenas pronunció cuatro palabras —“Firmes por la Patria”— antes de ceder el atril a un rabino, un pastor evangélico, un sacerdote y un obispo católico, uno detrás de otro.
La segunda ceremonia, la que de verdad le importaba, se desplazó a un batallón militar: ahí llegó el mensaje sobre la lucha contra el crimen, la promesa de un país nuevo como si fuese el primero en intentarlo y el de trabar la misma batalla que lleva años en ciernes en todo el mundo: disputarle a la izquierda su discurso.“Mi Gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”, dijo, antes de recorrer las tropas a bordo de un vehículo militar.
El presidente llegó al poder por menos de un punto porcentual, lejos de la victoria arrolladora a la que aspiraba, y ha insistido en que gobernará para todos los colombianos. “Nadie será perseguido por pensar distinto, ni privilegiado por respaldar al Gobierno”, dijo, mientras la izquierda replegaba las manifestaciones convocadas contra él en varias ciudades con muy poca repercusión. Está aún por ver cómo De la Espriella maniobra en un país dividido casi por la mitad. Y cómo gobierna no solo para los que nunca le votarían sino para esos “nunca” históricamente despreciados por la élite del país.
Las trincheras ya han comenzado a levantarse. Salvación Nacional, el partido que avaló su candidatura y que debuta con una bancada de cuatro congresistas, eligió como uno de sus primeros gestos respaldar un proyecto para modificar la Constitución y proteger la vida “desde la fecundación”, con la mira puesta en revertir la despenalización del aborto que la Corte Constitucional consolidó en 2022. Es el mismo guion que gobiernos de derecha —Brasil, El Salvador, Argentina, Estados Unidos— han resucitado en otros países.
Su gabinete también deja ya algunas pistas. Hay paridad entre hombres y mujeres, pero ninguna voz afrocolombiana, indígena o campesina, las que Gustavo Petro sí visibilizó. Y sus ministros destacados son parte de los de siempre, cuadros que varios analistas describen como un regreso al Gobierno de Iván Duque pero con un envoltorio más actual. Hacienda, por ejemplo, quedó en manos de la familia Gómez, descendencia directa de Laureano Gómez, símbolo histórico de la derecha conservadora. “Cuando en ese gabinete no hay una sola voz afrocolombiana, indígena o campesina, lo que interpretan millones de colombianos es que vuelven a ser invisibles”, advirtió Luis Gilberto Murillo, el primer y único excanciller afrodescendiente del país. “Se vuelve a aplicar la fórmula de lo que no ha funcionado”, criticó.
A pesar de las promesas luminosas de un nuevo destino, hay mucho de pasado en el nuevo Gobierno. En su discurso, al menos, los referentes fueron viejos conocidos de la derecha colombiana de los últimos 50 años, la que ha gobernado el país la mayor parte de su historia. El presidenteque prometió romper con el establishment alabó a Álvaro Uribe, por su gestión de la seguridad —la misma que dejó al menos 7.837 civiles asesinados por el Ejército y presentados como guerrilleros muertos en combate para inflar resultados—, y a Álvaro Gómez Hurtado, el histórico dirigente conservador asesinado en 1995, un crimen reconocido por las FARC.
Meticuloso y astuto, todo parece apuntar que De la Espriella controlará el mensaje, como ya hizo durante su campaña electoral. “El márketing es tan importante como los resultados”, repitió hace unos días su estratega y amigo Carlos Suárez.
De momento su relación con los medios será al estilo de Donald Trump y muy distinta al modelo Petro, en el que el presidente marcaba los temas compulsivamente desde su cuenta de X, pero todos sus ministros eran bastante accesibles a los periodistas.
El Gobierno De la Espriella tendrá una portavoz oficial y limitará las apariciones públicas de sus subordinados. “Nuestra meta es que se pueda lograr todo lo que queremos para la Patria Milagro y los periodistas no tendrán tanto acceso”, adelantó la jefa de comunicaciones del presidente María Fernanda Sandoval. “Pero nosotros todo el tiempo estaremos mandando comunicados, imágenes y videos de todo lo que está pasando”. De momento le funciona. Mientras Petro salió de forma fulminante de la agenda, el nuevo presidente y todos sus mensajes, símbolos y promesas ya monopolizan la conversación.
Pocas horas después de que la imagen de De la Espriella con su barba perfectamente recortada y la banda presidencial sobre su hombro derecho diese la vuelta al mundo, Estados Unidos hacía un anuncio importante. El Departamento de Estado ofrecía un paquete de 1.000 millones de dólares para respaldar la nueva estrategia de seguridad: erradicación de coca, guerra contra las drogas y el narco y la adhesión de Colombia al Escudo de las Américas. Un encaje perfecto para ocupar el lugar que Washington ya le tenía reservado.
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El ejército de la fe: la batalla cultural que varias iglesias quieren ganar en el Gobierno de Abelardo de la Espriella
El presidente empodera a movimientos religiosos que se sintieron traicionados por conservadores del pasado y buscan llevar sus creencias al corazón del Ejecutivo


Bogotá – 08 AGO 2026 – 23:30 AST
El presidente Abelardo de la Espriella, un ateo arrepentido que ahora es católico, ha llegado al poder con la fuerza de varias iglesias, especialmente evangélicas, que movilizaron a miles de ciudadanos a su favor y esperan tener un lugar central en su gobierno. En campaña prometió la llegada de una “patria milagro” y se comparó con Ciro el Grande, el rey persa que, según la Biblia, permitió al pueblo de Israel la salida del exilio. Ya elegido, De la Espriella ha repetido en varios discursos la frase “Viva Cristo Rey”, un lema que se repite en cientos de iglesias, pero que en la primera mitad del siglo XX se asociaba al esfuerzo de católicos ultraconservadores para imponer su impronta en el Estado. De la Espriella habla de “poner a Dios en cada decisión de Gobierno”, como el fin de semana anterior, cuando puso de rodillas a rezar a todo su gabinete. El día de su juramento como presidente, invitó a un rabino, un pastor y dos monseñores católicos para una alabanza religiosa frente a todos sus invitados. Colombia empieza apenas a entender quiénes son esos pastores e iglesias que llegaron al Gobierno, y lo que esperan de este.
“Me siento muy bien representada por él, confío en la postura provida del presidente, pero también debo decir que quiero más”, dice la congresista Carol Borda, elegida en marzo por el partido que avaló al presidente, Salvación Nacional, y miembro de la iglesia cristiana Misión Carismática Internacional. De allí mismo viene Sara Castellanos, senadora electa por el mismo partido e hija de los fundadores de la iglesia, también excongresistas. Las dos son muy activas en la campaña contra el acceso al aborto y movilizaron a miles a favor de De la Espriella y su partido. Ahora Borda espera especialmente nombramientos claves en esa batalla, en la cartera de salud. La ministra designada por el presidente, la abogada Ana María Vesga, no viene de los sectores religiosos.
“No conozco la postura de la ministra de Salud [sobre el aborto], y estoy pendiente de quién vaya a ser superintendente”, cuenta Borda sobre dos cargos claves para el derecho al aborto, que la Corte Constitucional despenalizó en 2022 hasta la semana 24 de embarazo. “En la Cancillería también hay nombramientos específicos que espero, como la embajada en la Corte Interamericana”, añade Borda sobre el tribunal que ha condenado a países como El Salvador por no garantizar el acceso al aborto en unos casos específicos.
De la Espriella ha enviado señales de que no defraudará a las iglesias. Nombró al pastor Jaime Andrés Beltrán, exalcalde de Bucaramanga, como ministro de Vivienda; a la exfiscal general Viviane Morales, de la iglesia Casa sobre la Roca, como ministra de Educación; al esposo de Morales, y miembro de la misma iglesia, Carlos Alonso Lucio, en el equipo de empalme; y, en la embajada ante OEA, a Alejandro Ordóñez, un católico ultraconservador que tuvo una campaña de varios años contra el acceso al aborto cuando era procurador general. De la Misión Carismática Internacional, la iglesia de Borda y Castellanos, nombró a la concejal de Bogotá y pastora Clara Lucía Sandoval como gerente del Ejecutivo para la capital.
“Nos decepcionamos de muchos partidos en el pasado, hubo mucho manoseo de nuestras iglesias por gente en el Ejecutivo, gente que llegaba al poder y luego le daba pena decir que eran provida. Por eso confiamos en que lleguen personas de nuestro sector a este ejercicio de la política”, cuenta Borda. “No podemos soltar lo que se llama la batalla cultural, es una batalla de la iglesia”. Por batalla cultural se refiere a un movimiento con banderas conservadoras como ir contra el derecho al aborto o a la adopción para parejas del mismo sexo, una referencia que De la Espriella hizo en su discurso de juramento: “Mi gobierno librará la batalla cultural para recuperar el valor de la familia, el mérito, la disciplina, el respeto por la ley, el amor por la patria, la creencia en Dios y la responsabilidad individual”.
Los pastores que apoyaron a De la Espriella en la campaña y que no han sido nombrados en cargos públicos se mantienen cerca de él. Es el caso de Miguel Arrázola, de la iglesia cristiana Ríos de Vida de Cartagena y quien participó en el “retiro espiritual” del gabinete el fin de semana en que todos rezaron. “No estábamos allí simplemente como funcionarios. Estábamos allí como siervos del Señor”, dijo en sus redes sociales. El pastor John Milton Rodríguez, exsenador y líder en Cali de la iglesia Misión Paz a las Naciones, fue de los primeros en apoyar la campaña en 2025, y celebra que la posesión haya sido en su ciudad. El pastor Eduardo Cañas, quien hizo la albanza el día de la posesión presidencial, viene de la iglesia Manantial de Vida Eterna. Otros pastores que mantienen su respaldo son Andrés Corson, de El Lugar de su Presencia, quien hace un mes recibió en su templo al vicepresidente José Manuel Restrepo, un ferviente católico: le regaló una biblia, para que la lea “todos los días de su vida”.
“Hace 20 años los católicos y los evangélicos no podían estar juntos en el mismo espacio, pintaban al otro como enemigo, competían”, cuenta Bibiana Ortega, experta en religión y política y profesora de Ciencia Política de la Universidad Javeriana. El exprocurador Ordóñez, por ejemplo, no se entendía con iglesias evangélicas. “Pero en los últimos 15 años pasó lo contrario: con la emergencia de la ‘ideología de género’, y el crecimiento del progresismo en América Latina, católicos y evangélicos vieron que tienen un enemigo común, y juntos han liderado esa batalla cultural contra la legalización del cannabis, por ejemplo, o contra la diferencia”, añade Ortega. La ‘ideología de género’ hace referencia a un bulo en el que se asegura que gobiernos progresistas quieren cambiar la identidad de género de los niños.
La profesora Ortega cuenta que una de las decepciones de los evangélicos con el Ejecutivo ocurrió en el Gobierno de Juan Manuel Santos, del 2010 al 2018. Varias iglesias cristianas lo apoyaron al principio, pero luego se sintieron traicionadas. El punto de quiebre ocurrió con la publicación por el Ministerio de Educación de unas cartillas de educación sexual que, supuestamente, promovían esa ideología de género. Otra decepción ocurrió cuando partidos conservadores no se movilizaron a favor de un referendo que buscaba frenar la adopción para parejas del mismo sexo.
“Si este Gobierno los traiciona también, quizás habrá divisiones entre las iglesias, como ha ocurrido en el pasado”, dice Ortega. John Milton Rodríguez, por ejemplo, viene de romper con el partido que creó con otros pastores, Colombia Justa Libres. Viviane Morales, la nueva ministra de Educación, rompió con creyentes católicos cuando promovió el reconocimiento legal del matrimonio de iglesias cristianas. “Pero, por ahora, las iglesias lograron alinearse buscando que el mundo se alinee con el paradigma judeocristiano”, dice Ortega.
Ana María Bidegain, historiadora de religiones en América Latina y profesora de la Universidad Internacional de la Florida, asocia lo que ocurre en Colombia con el movimiento religioso que ha visto en Estados Unidos cercano a líderes republicanos, desde Ronald Reagan a Donald Trump, y que identifica como el “nacional cristianismo”. “Es una agenda en la que la política usa a la religión más que la religión a la política”, dice. Es decir, la religión no aparece como fuente de sabiduría o reflexión, algo que se hace evidente cuando varios de los Papas más recientes, como Francisco y León XIV, defienden ideas más progresistas que los líderes políticoscatólicos con banderas ultraconservadoras.
“La religión para estos políticos está ahí más bien como rito”, explica Bidegain. “Que se tiren al piso, que levanten la mano, que pidan milagros. Entienden lo religioso como algo mágico, que hace milagros, no sobre el estudio del evangelio o del Concilio Vaticano II”. Es una forma de acercarse a la religión conocida como carismática, y que se acerca a las formas de las iglesias evangélicas.
“Desde los años 60, la iglesia católica dice que no se debe imponer su impronta a todo, sino acompañar al conjunto de la sociedad”, dice Bidegain. Es lo contrario al lema de los ultracatólicos mexicanos de un siglo atrás, los cristeros, los que hicieron popular el “¡Viva Cristo Rey!”. “Los líderes políticos de ahora hablan de llevar a Cristo a todo el mundo, de establecer un estado teocrático, de eliminar las diferencias entre el líder religioso y el líder político. La iglesia católica ya no usa esa perspectiva, pero estos movimientos evangélicos sí. Y su alianza internacional puede reventar el catolicismo”, dice Bidegain. En Colombia, con De la Espriella, habrá una prueba de hasta dónde llega esa tensión.
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De la Espriella exhibe mano dura en su primer día al enviar 117 reos a cárceles de máxima seguridad
El presidente comparte un video de los cabecillas en prisión que hacían parte de los diálogos de paz en el gobierno Petro. Una influencer, que hizo parte de las protestas sociales del 2019, también fue trasladada


Bogotá – 08 AGO 2026 – 19:16 AST
El primer comunicado del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, fue una orden para demostrar que entre sus principales prioridades está la mano dura carcelaria ―la misma que caracteriza a otros líderes de la región, especialmente al salvadoreño Nayib Bukele―. En texto y luego en video, De la Espriella anunció que 117 reclusos, 103 en la cárcel de Itagüi ubicada cerca a Medellín, serán trasladados a otras cárceles de máxima seguridad alrededor del país. “Perderán los privilegios y no podrán continuar dirigiendo actividades criminales”, afirmó. “En la Era del Tigre se acabó la cárcel como centro de operaciones para los bandidos. ¡Mano de hierro contra la delincuencia!»
El presidente, en un video que comparte en su cuenta en la tarde del sábado, dice que está coordinando el traslado de los 117 prisioneros, “personalmente”. Mientras habla, aparecen en el video las caras de varios de los prisioneros trasladados, caminando junto a oficiales altamente armados hacia avionetas, o camiones blindados del sistema de prisiones. Los agentes les ponen las esposas en las muñecas.
La primera decisión ejecutiva del presidente es una señal en dos vías. Primero, un mensaje contra el petrismo, pues los 117 prisioneros estaban vinculados a los diálogos de paz que el expresidente Gustavo Petro mantuvo en su política de Paz Total. “La opción del diálogo está completamente agotada”, anunció el presidente De la Espriella en su discurso de juramento un día antes.
Varios de los cabecillas en zonas rurales y selváticas alrededor del país que hacían parte de la Paz Total serán perseguidos por los militares en los próximos días. Pero los 117 en la cárcel de Itagüí ya estaban al alcance del poder del presidente, por lo que la mano dura les podía llegar más rápidamente a ellos. Se trata de un grupo muy criticado ante la opinión pública, pues, en abril de este año, organizaron una parranda vallenata dentro de la prisión, que luego fue denunciada por la oposición. Nueve de ellos, además, fueron criticados tras hablar en una tarima, junto a Petro, de paz urbana en una ciudad donde fueron cabeza del crimen que atemorizó a la urbe. Los mediáticos cabecillas del célebre ‘tarimazo’, los de la criticada parranda vallenata, indica el nuevo presidente, ahora estarán más encerrados que antes.
La segunda señal tiene que ver más con mantener un mismo estilo mediático. El presidente De la Espriella no quiere perder la imagen que conquistó en la campaña, cuando logró hacer virales videos de inteligencia artificial que lo convertían en superhéroe contra lo que ve como el mal: los corruptos, “los de siempre”, los de Petro. Con la imagen de un tigre “que ruge y muerde”, y su saludo militar en cada intervención pública, logró la atención de los colombianos cansados de la extorsión y el crimen. De la Espriella busca mantener desde su primer día la atención mediática con un video que es una continuación de lo que prometió en los videos de campaña: esposas en las muñecas, oficiales altamente armados, criminales controlados.
El video como forma de demostrar mano dura es algo que han usado dos de los políticos que De la Espriella admira: el salvadoreño Nayib Bukele, quien hizo superproducciones mostrando la humillación de oficiales a jóvenes capturados en megacárceles; y Donald Trump, cuyos oficiales de migración de la agencia ICE también han grabado sus cientos de detenciones a migrantes para deportar. El video de De la Espriella no muestra un trato tan humillante como los de Bukele o Trump, denunciados por violar los derechos civiles de sus detenidos. Pero es la confirmación de que la política de seguridad prometida vendrá también en video.
Abelardo de la Espriella ha prometido construir megacárceles del estilo Bukele y, según contó el viernes el presidente de Chile, José Antonio Kast, al salir de su reunión con el presidente colombiano, uno de los temas que discutieron fue cómo mejorar la política carcelaria de los dos países.
El gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, celebró la decisión, pero también puso una alerta: mover a los cabecillas de cárceles puede traer retaliaciones de los mismos grupos criminales que aún controlan, algo que le ocurrió a Petro cuando hizo ese tipo de traslados también durante su cuatrenio. “El traslado de los criminales condenados, que pagaban sus penas en la cárcel de Itagüí, obliga a la Fuerza Pública a estar en máxima alerta”, dijo el gobernador en redes sociales. “Estas estructuras, que delinquen en Medellín y otros municipios de Antioquia, intentarán reorganizarse. Ya lo han hecho en el pasado”.
La que no fue mencionada en las palabras de Abelardo de la Espriella fue Daneidy Barrera, conocida como la influencer Epa Colombia, quien también fue trasladada de cárcel. Ella fue condenada en 2025 por atacar una estación de Transmilenio, el sistema de transporte masivo de Bogotá, durante las grandes protestas sociales de 2019. Petro, cuya victoria en 2022 fue en parte con el apoyo de quienes protestaron entonces, la defendió durante su cuatrenio y pidió mejorar sus condiciones de encarcelamiento. En el primer día de De la Espriella, Epa Colombia contó que fue trasladada de cárcel: fue trasladada de Carabineros de Bogotá a la cárcel de máxima seguridad La Picaleña de Ibagué.
“Hoy simplemente ha sido un día difícil, de esos que pesan en el alma y que solo Dios conoce por completo”, compartió ella en sus redes sociales al ser trasladada, con un video que muestra sus zapatos caminando. “Solo le pido a Dios que nos dé fortaleza, que nos proteja y que permita que todo esto termine pronto”. Luego borró el mensaje.
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De la Espriella style
Para el nuevo presidente, el poder está atado al éxito económico, a la fama, al reconocimiento, a los trajes de marca que lleva y a la exclusividad que ese poder otorga


Todavía es muy temprano para saber cómo va a ser el gobierno de Abelardo De La Espriella, sobre todo después de que Carlos Suárez, su máximo estratega, aceptó que en esa campaña no hubo propuestas. Suárez confesó, sin sonrojarse, que la campaña de el tigre fue ante todo un espectáculo de marketing político en la que hubo campo para mover emociones, pero no para propuestas. “El éxito de este método”, advirtió en una entrevista, “fue que se sacó a la gente a votar con el corazón o con el hígado”… en lugar de plantear “vetustas” propuestas.
Ante la ausencia de propuestas, lo único que hasta ahora podemos asegurar es que el nuevo presidente trae consigo una nueva estética del poder que se resume en este lema: “De La Espriella Style”. Esta frase, que en realidad es un concepto de marketing propio más de un vendedor de ropa en Instagram que de un presidente, es la frase marca que mejor define la relación que De La Espriella tiene con el poder.
Para el nuevo presidente, el poder está atado al éxito económico, a la fama, al reconocimiento, a los trajes de marca que él lleva y a la exclusividad que ese poder otorga. “De La Espriella Style”, es también el nombre de su exitoso canal de Youtube desde donde vende sus productos, como la marca Avanti, que es su ropa para hombre, el ron Defensor, sus libros y donde da información sobre cómo se puede entrar al Style Club, que es el mundo selecto que ha creado De la Espriella para “los apasionados por aprender y disfrutar de una vida llena de style”.
Ese canal fue el mismo que utilizó para hacer su campaña presidencial, que fue una muy exitosa estrategia de marketing político en la que se vendió la figura de Abelardo De la Espriella. Desde ese canal, donde vendía sus productos, hizo también sus lives y transmitió sus inmensas producciones en las que se veían desde fuegos artificiales hasta espectáculos como el que montó el día de su triunfo, en el que se le vio aparecer en una especie de cabina a prueba de balas, sobre un planchón en el río Magdalena. Se le veía inaccesible y poderoso, como si le estuviera hablando a Colombia desde un nuevo olimpo.
Hasta hace poco, “De La Espriella Style”, era un concepto que había sido diseñado para que ADLE vendiera sus productos a la Colombia aspiracional, esa que ama el éxito, el dinero y que quiere entrar en los clubes selectos como los que él plantea en su canal. Hoy este “style” ya no solo le vende productos a la Colombia aspiracional, sino que se ha convertido en la nueva estética del poder, muy bien representada en la figura del hoy presidente Abelardo De La Espriella y su presentación en sociedad fue en la ceremonia de posesión.
La primera sorpresa se dio horas antes de que se convirtiera en presidente, cuando su oficina llamó a una rueda de prensa a todos los medios que estaban acreditados en Cali. Los colegas llegaron pensando que se iban a encontrar con el presidente electo e iban a poder interactuar con él, una oportunidad que nunca habían tenido en la campaña. Cuál sería su sorpresa al ver que en vez de ver al presidente se encontraron con que lo que había era la proyección de un video en el que De La Espriella le enviaba un mensaje a los medios de comunicación, advirtiéndoles que en su gobierno iba a respetar la libertad de prensa, pero solo si los periodistas decíamos la verdad. No hubo posibilidad de repreguntas ni de interacciones con la prensa y, además, lo dicho en el video dejó la impresión de que quien iba a ser el encargado de decir que era verdad o mentira era él mismo. En honor a la verdad, lo que hubo no fue una rueda de prensa, sino un mensaje del presidente a los medios de comunicación para que supieran lo que nos espera si no replican la verdad que él señala.
En la era de “De La Espriella Style”, el presidente va a ser un mandatario inaccesible, poderoso y al que solo unos cuantos van a poder acceder, como lo vimos con la fiesta privada que armó para su posesión. A los demás mortales, nos va a tocar verlo de manera virtual.
De La Espriella convirtió un acto institucional como es la posesión de un presidente en una fiesta privada con besamos y pasarela. La forma como iban apareciendo los invitados ante los medios era copiada de las ceremonias con tapetes rojos de los Oscar y hasta los medios se convirtieron en parte del aplausómetro. Un segundo momento fue cuando los invitados especiales entraban al recinto de la universidad y eran ubicados. El último en entrar, luego de haber saludado a sus invitados, fue el presidente electo junto con su esposa. Lo que vino después todavía lo estamos digiriendo. Tras el discurso del presidente del Congreso, Honorio Henríquez, que fue sensato y oportuno —dijo que ese congreso iba a ser todo por conseguir la paz y el diálogo entre diferentes fuerzas—, se le impuso la banda presidencial a De La Espriella. Cuando todo el mundo pensaba que el presidente iba a pronunciar su discurso de posesión allí en ese auditorio frente al congreso y a sus invitados, decidió salir del recinto, dejando a todos sus convidados a expensas de las autoridades religiosas que una a una salieron a hacer una homilía, como si Colombia fuera un estado confesional y no un estado laico.
Minutos después, apareció de nuevo, pero no en carne y hueso, sino en una pantalla, desde el batallón Pichincha, que queda muy cerca de la Universidad. Allí, frente a unos inmóviles uniformados, pronunció su discurso de posesión. Es decir, el presidente dejó tirados a sus invitados, a la virgen María, a las autoridades religiosas, para ir a cumplir un capricho que no le concedió el congreso: el de posesionarse ante una guarnición militar, un acto que el congreso no le aceptó porque lo consideró un irrespeto a los poderes públicos.
En la era “De La Espriella Style, el poder se va a utilizar para cumplir caprichos antes que promesas. Su capricho de despachar desde un batallón en Barranquilla lo está llevando a cabo contra viento y marea con el argumento de que los costos no los van a pagar los colombianos, sino que ese dinero va a salir de su bolsillo y de la generosidad de la empresa privada. Ha dicho que puso 700 millones para amueblar su nuevo palacio en Barranquilla y anunció que la adecuación del batallón la va a pagar un empresario que es a su vez el mayor contratista de Barranquilla. Es decir, que en la era de De la Espriella Style, no se le deben hacer reparos éticos al presidente por recibir regalos de empresarios que tienen intereses en el Estado y que quienes se atreven a cuestionarlo faltarán a la verdad y serán considerados activistas, no periodistas. Ni el Club Style de De La Espriella creen que hay empresarios que le hacen regalos a presidentes a cambio de nada.
Habrá que esperar a ver cuáles son las propuestas del nuevo gobierno y cómo es que las piensa implementar. No voté por ADLE, pero soy colombiana, vivo en este país y quiero que le vaya bien. De lo que no hay duda es que este gobierno trae una nueva estética de poder y que quienes quieran entrar en ese club privado que parece ser la patria milagro van a tener que aprender cómo es que funciona “De la Espriella Style”.
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